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Sacerdocio y Matrimonio Imprimir

Introducción

            El título de este artículo de estudio pueda quizás sugerir la necesidad de justificar esta práctica tradicional de la Iglesia Ortodoxa, es decir, la ordenación de hombres casados al diaconado y al presbiterado; sin embargo este no es el caso, puesto que la conveniencia de esta práctica, en general no se ha cuestionado. Es de destacar que es un hecho bien conocido que la Iglesia Occidental discontinuó la ordenación de hombres casados hace varios siglos, mucho antes del cisma occidental. También es un hecho que en las Iglesias protestantes, derivadas de la Iglesia Occidental,  el sacerdocio sacramental fue suprimido, y eso hace que en estas Iglesias los ministros puedan casarse antes o después de la ordenación.  

Nuestro propósito en este artículo es comenzar a discutir ciertos problemas que  enfrenta el sacerdote Ortodoxo casado en la sociedad contemporánea, refiriéndonos principalmente al hemisferio occidental, para proponer la tarea de dar pasos concretos para contribuir a su solución. Puede parecer que nosotros estamos sugiriendo que los problemas que enfrentan los sacerdotes casados nunca han existido antes entre los clérigos Ortodoxos, y que ellos existen ahora como una consecuencia directa de la presencia de nuestra Iglesia en las sociedades no-ortodoxas y pluralistas; sin embargo todos estos problemas han existido siempre, incluso en las llamadas Patrias Ortodoxas, pero de todos modos estamos convencidos que sobre todo en Estados Unidos y  en Occidente, ellos han alcanzado una mayor intensidad, y por lo tanto la necesidad de tratarlos se ha convertido en un tema algo mas urgente.

            Dado a que estas preocupaciones son indudablemente comunes a todo el clero Ortodoxo en las sociedades occidentales, sin importar a que jurisdicción pertenezcan, será aconsejable compartir nuestras consideraciones y proponer las maneras de tratarlos con las otras Iglesias. Desde que se erigió la Conferencia de Obispos Ortodoxos Canónicos en América (SCOBA) ésta ha servido a menudo como un foro para la discusión de materias de interés para los miembros de todas las Iglesias representadas allí, nosotros debemos pedirle a nuestro representante que atraiga la atención de este cuerpo sobre nuestro estudio, así como también debemos saber la reacción de las otras Iglesias al conocerlo y a su vez debemos tomar conocimiento acerca de las maneras en que ellos enfrentan nuestras mismas inquietudes. 

Las áreas a la cual nos referimos son: el sacerdote y su familia en el contexto de la comunidad de la parroquia; las dificultades y peligros enfrentados por el sacerdote y su familia; los problemas matrimoniales entre sacerdotes y sus esposas; la incidencia creciente del divorcio en el clero; los procedimientos del pre-divorcio; los problemas que enfrentan los sacerdotes viudos, sobre todo aquellos que han quedado con niños; la preparación de candidatos para el sacerdocio en el marco del matrimonio; y foros en los niveles diocesanos y regionales para los clérigos casados con atención especial dada a las esposas de los sacerdotes y sus necesidades. En relación con la preparación de candidatos, será aconsejable explorar maneras por las cuales el obispo pueda determinar si la esposa del candidato al sacerdocio está entusiasmada sobre el futuro al que su marido está llamado, o si por el contrario es opuesta a él, o absolutamente pasiva en la materia. Es ciertamente apropiado considerar algún tipo de preparación para la esposa del futuro clérigo.

 

Visión Bíblica y Canónica

            Las referencias en el Nuevo Testamento sobre presbíteros, obispos y diáconos como clérigos casados son pocas. Son en dos epístolas de San Pablo, en la primera de Timoteo y en la de Tito, sobre la cual debemos volvernos para observar el listado de aptitudes para ocupar estos oficios, en los que se hace mención a sus roles de maridos y padres. Los requisitos se enuncian brevemente, pero ellos proporcionan una visión en la noción cristiana del conjunto de la compleja relación de esposo-padre dentro de la familia del sacerdote. Ambas cartas declaran que los obispos y sacerdotes deben ser "marido de una esposa." Obviamente, esta expresión implica un calificador, "si es casado", desde ya que el Apóstol difícilmente insistiría en que el matrimonio fuera un requisito universal para la ordenación. Según nuestra tradición canónica, se ha entendido en el sentido de que ningún  sacerdote puede tener más de una esposa, ni tampoco puede haber estado previamente casado, luego divorciado y haberse vuelto a casar. (En tiempos recientes, ha habido expresiones de interés en permitir un segundo matrimonio a un sacerdote viudo. Además, se han hecho esfuerzos para justificar la ordenación de un converso que ha estado divorciado y que luego -de convertido- se ha casado, aduciendo que la persona involucrada "no era Ortodoxa" o según el caso, “ni era cristiano” cuando estos eventos sucedieron. Nosotros sin embargo podemos contestar que los presbíteros u obispos que San Pablo posiblemente tuviera en mente fueran los convertidos del paganismo.) La razón para este primer requisito es obvia: el clérigo no puede predicar la santidad e indisolubilidad del matrimonio, y el mismo ser un ejemplo de excepción a la regla. Debe señalarse, sin embargo, que esa ley del canon (Apost. Can.. 17) no tiene en cuenta la situación matrimonial anterior al bautismo.

Con respecto a las esposas de los clérigos, lo que se declara en I Timoteo 3:11 acerca de la esposa de un diácono, es igualmente aplicable a la esposa de un presbítero. “Ellas deben ser dignas, no calumniadoras, serenas, fieles en todas las cosas”. Que la esposa de un clérigo (sacerdote) debe ser una persona seria y no frívola o indiferente sobre los deberes de su marido, se da por sabido. Los cánones insisten mucho en esto (por ejemplo, Apost. Can. 18). Como dice la cita bíblica, acerca de la segunda cualidad para la esposa de un clérigo, precisamente eso de no ser una calumniadora, es de enorme importancia en el trabajo de su marido; puesto que pocas cosas hay más indigno para la esposa de un clérigo que el estar involucrada en la chismografía de la parroquia. 

El sacerdote debe gobernar bien su propia casa. “. . .  si un hombre no sabe gobernar su propia casa, cómo cuidará de la Iglesia de Dios?” (I Timoteo 3:4-5) Si el marido es la cabeza de la familia en todas las familias cristianas, es aun más importante que esto sea así en el caso del sacerdote o diácono. "Teniendo sus niños en sujeción con toda gravedad. . .” esto no significa de ningún modo que el sacerdote deba ser un tirano dentro de su familia y tener a sus niños viviendo en el terror, puesto que, lo que en realidad significa es que él es responsable ante Dios por su esposa y sus niños; él es su primer maestro y ejemplo; y él debe ser consiente de su formación como Cristianos. “...cuyos hijos sean creyentes, no inclinados al libertinaje ni a la rebeldía” (Tito 1:6) la culpa de sus desobediencias recaen sobre  la cabeza de la familia.  

 

La Familia de los Clérigos 

La familia del sacerdote es el modelo para la parroquia entera. Este hecho puede poner mucho de tensión sobre la esposa y los niños, pero esto no es necesariamente inevitable si la atmósfera dentro de la familia es formada sabiamente por iniciativa de la cabeza de la familia. Hay una tendencia entre las esposas de sacerdotes y niños a rechazar su papel como modelos, pero el resto de los miembros de la iglesia, de hecho, los ve como a tales. Un peligro muy grande para todos los cristianos, ya sean individuos, familias e incluso las familias de los sacerdotes, es un persistente miedo a ser diferentes y a un deseo de querer ser simplemente como todos los demás. La conformidad con las normas de la sociedad y sus tendencias predominantes no pueden ser las metas que el sacerdote pone para su propia familia y particularmente para sus propios niños, pero, obviamente, la familia del sacerdote no debe buscar ser diferente por el mero gusto de ser diferente; pero ellos sin embargo no deben temer serlo, si el hecho de seguir a Cristo y Su Evangelio así lo exige. 

La estructura familiar se ha corroído seriamente en la sociedad Estadounidense, - y occidental en general - y la familia del sacerdote no es, desgraciadamente, inmune a esta tendencia perniciosa. El conocimiento de este peligro es el primer paso para combatirlo, pretender negar esta realidad, no hace más que aumentar el peligro de que este suceda en nuestra propia familia.

Dentro de la propia familia, el sacerdote no es menos maestro y guía de lo que lo es  para su feligresía en el camino de la salvación. El sacerdote casado no puede abdicar a su posición como padre y cabeza de su familia, como está haciéndose hábito en un segmento grande de la sociedad. El sacerdote, como maestro de sus hijos, no puede permitirse el lujo de estar más laxo con ellos que lo es él con el resto de los niños de su feligresía.  

Es necesario que el hogar del sacerdote sea un hogar ejemplar dentro de la comunidad. Como los sacerdotes suelen recordarles a sus laicos, el hogar es una “iglesia pequeña” y por consiguiente sagrada, un lugar dónde todos los miembros oran juntos, comen juntos, visten decentemente, y se tratan entre si con amor y respeto. De hecho, el amor es la fuerza que los une a todos juntos. Sin embargo, por otro lado, se ha vuelto para todos demasiado típico entre las familias estadounidenses –y occidentales en general- que la casa sea poco más que un lugar para dormir, comer apresuradamente, y un lugar donde bañarse y cambiar de ropa. Es lamentable que la mesa familiar sea abandonada, y que como en muchas casas los miembros coman "a la carrera", o hacerlo de lo contrario mirando televisión, y la oración, si es practicada por alguno, fuera convertida en un asunto estrictamente privado. La conformidad a tales tendencias como las mencionadas, es la causa y el resultado de la avería de la conciencia familiar, y ésta también puede causar la avería de la familia del sacerdote. En esta atmósfera, es común que los padres antepongan su propia felicidad por sobre la de sus niños.  

 

Neo-presbítero junto a su familia

Neo-presbítero junto a su familia
y al Metropolita Herman de la O.C.A

El divorcio 

El resultado del fracaso de una familia es el divorcio. Mientras que en  épocas anteriores, no se oía tanto hablar sobre divorcios de sacerdotes y sus esposas en base a causas específicas mencionadas en la ley del canon (cf. infra), en tiempos presentes, por el contrario, aumentó la proporción de divorcios; puesto que las actitudes de la sociedad hacia el divorcio y la aceptación general del mismo como un hecho de la vida, sumado a una idea falsa de romántica de felicidad matrimonial, ha venido a influir en los maridos cristianos Ortodoxos y sus esposas. Los matrimonios en nuestras propias iglesias incluyen a menudo a personas divorciadas, y por tal razón hay una suavidad creciente en la aprobación de los  matrimonios de tales personas. Nosotros también nos hemos puesto más tolerantes con las causas que figuran en las actas de divorcio de  las cortes seculares, como ser la incompatibilidad (a menudo argumentada luego de haber tenido varios niños), y la de una “crueldad cínica e intolerable”  (usualmente de carácter psicológico).   

En esta atmósfera, ha pasado que las familias de los sacerdotes a veces también han sido afectadas, y en algunos casos, el divorcio se ha juzgado como la única solución a los problemas existentes entre el sacerdote y su esposa. No es poco común para ellos recurrir a los consejeros seculares en un esfuerzo por salvar lo que parece ser una relación condenada. 

Existe un canon que trata específicamente sobre el divorcio de un clérigo (Neo-caesarea, 8). El cual reconoce sólo una razón por qué rechazar a su esposa, una de carácter bíblico: el adulterio, y esta acción no es una cuestión de opción sino de obligación. Si, por otro lado, es el sacerdote quien se haya comprometido en el adulterio, él será degradado. En el canon referido se lee: "Cuando la esposa de un laico comete adulterio, si ella se ha declarado culpable abiertamente de esta ofensa, que dicho hombre no pueda entrar en el servicio. Si, por otro lado, ella comete el adulterio después de su ordenación, él debe divorciarse. Pero si él continúa viviendo con ella, él no puede retener el oficio que ha sido puesto en sus manos" Llama la atención la cláusula, "si ella se ha declarado culpable abiertamente de esta ofensa", porque pudiera pasar que ella podría ser acusada falsamente como un pretexto para el divorcio.   

A los candidatos al sacerdocio se les instruye, en el seminario, acerca de los deberes sacerdotales, y específicamente al que se convertirá en sacerdote casado, sobre materias que pertenecen a la conducción de la familia, y a la educación cristiana de sus niños. Dicha preparación parece ser adecuada, pero hay poca, si es que alguna atención brindada al sacerdote en su papel de hombre casado después de su ordenación y de su experiencia en la vida pastoral. Es aconsejable, en vista de la condición de nuestra sociedad y de la naturaleza frágil de la familia norteamericana (u occidental en general) en nuestros tiempos, y, sobre todo en vista de la proporción creciente de divorcios y de los problemas encontrados por los niños y las personas jóvenes, que las diócesis puedan mantener los medios para responder a esta necesidad importante. Estos medios podrían tomar varias formas: como ser foros, conferencias, seminarios, retiros, etc; pudiendo contribuir grandemente a la ayuda mutua y fraternal; ellos podrían encontrar maneras de compartir preocupaciones, y ser un estímulo para combatir posibles dificultades, y aliviar tensiones. Podrían también celebrarse conferencias pastorales y retiros para franquear discusiones acerca de las dificultades enfrentadas por los sacerdotes en sus roles como jefes y padres de familia. En vista de las grandes distancias entre las parroquias y los grandes territorios que cubren nuestras Diócesis, estos programas podrían realizarse en regiones, como ser en decanatos, y en lo posible, realizar reuniones diocesanas de clérigos.

 

Consejeros Matrimoniales

En aquellos casos en que el sacerdote y su esposa estén experimentando problemas matrimoniales, ellos deberán tomar conciencia del hecho de que no deberán buscar la ayuda de un consejero (matrimonial) secular, puesto que puede no conocer nada del concepto cristiano del matrimonio o bien puede sostener directamente un punto de vista no cristiano de la institución. Tales consejeros normalmente son de poca ayuda y en algunos casos hasta pueden ser dañinos dado a que estarán más interesados en el lado psicológico del problema matrimonial, que en ahondar en las causas espirituales del mismo. Para satisfacer las necesidades de los sacerdotes y de sus esposas en tales situaciones, las diócesis deberían ver los recursos con que cuentan entre sus propios miembros, como ser sacerdotes experimentados, padres espirituales, o consejeros y psicólogos ortodoxos.   

En casos en que el sacerdote y su esposa contemplen una separación, primero deberán buscar el consejo de su propio obispo. El obispo no debe enfrentarse con un "accompli fait", es decir con la decisión ya tomada de una separación o posiblemente un divorcio. Él, por otro lado, debe estar listo para dar todo el tiempo necesario contribuyendo a la superación de una potencial ruptura. En su calidad de primer maestro, él no debe ser renuente a "reprobar, reprender, y exhortar con toda la longanimidad y doctrina" (II Timoteo 4:2) en este serio asunto.   

Es obvio y debemos reconocer que la esposa de un sacerdote en nuestra sociedad enfrenta varios problemas serios que deben afrontarse. En primer lugar, el fenómeno mismo de ser la “esposa de un sacerdote” no es apreciado, en general, por el conjunto de nuestra sociedad. La gente está acostumbrada a “ministros con esposas”, pero incluso entre los protestantes y la gente que no es de iglesia, los únicos sacerdotes que ellos conocen son los católicos romanos y éstos son todos célibes.  

Las esposas de sacerdotes han empezado a realizar retiros y otras reuniones diseñadas para estimular el mutuo apoyo, compartiendo sus problemas y aliviando sus tensiones. Estos programas han sido el resultado de la iniciativa de dos o tres esposas de sacerdotes muy conocidos y dedicados. Estos esfuerzos deben, sin lugar a dudas, estimularse, dado a que todos los informes de dichas actividades que han venido hasta nosotros, hablan de un gran beneficio en los participantes. Por otro lado, deberá respetarse las respuestas individuales a tales reuniones: ya que puede haber esposas de sacerdotes que no sientan la necesidad de asistir o simplemente no desean participar. (Puede agregarse que en estas actividades y reuniones no ha habido ninguna rebeldía encubierta, ni de demandas de cualquier tipo. Ni hemos visto en ellos un ámbito potencial para el desarrollo de "almajaras encubiertas de feminismo." Creemos que es tiempo propicio para que el obispo diocesano muestre interés por estas iniciativas, quizás incluso participando para poder guiarlos.)  

 

Los Desafíos económicos 

Finalmente, debe señalarse que de entre los factores que contribuyen al corroer la vida familiar, el de la economía es uno muy importante. Es generalmente verdad que nuestros sacerdotes son mal retribuidos. Esto se da sobre todo en el caso de las parroquias pequeñas así como en las misiones, dónde el ingreso es muy limitado; desgraciadamente incluso estos casos se dan en otras parroquias con ingresos grandes. No es raro que los sacerdotes de iglesias relativamente prósperas tengan que mantenerse con sueldos de un nivel pobre. A menudo esta situación es la consecuencia de actitudes poco caritativas o poco realistas (de los fieles) hacia el clero: que existe algún tipo de anti-clericalismo entre nuestros feligreses no es ningún secreto. Algunas personas sienten que el sacerdote y su familia deben estar satisfechos con menos del ingreso medio familiar. Otros imaginan que los sacerdotes reciben regalos y cuotas por los servicios, y que ese ingreso extra compensa sus bajos salarios. Todavía hay otros que piensan que él y su familia no tienen las mismas necesidades económicas de las otras familias.

Las tensiones psicológicas y espirituales resultantes de las ansiedades económicas pueden contribuir a un tipo de descontento que puede llegar a producir problemas matrimoniales. Ellos ya han causado un número grande de sacerdotes que piden formularios para licencia, en algunos casos para buscar otro empleo, y en otros simplemente, para encontrar un alivio a la tensión relacionado con este problema.

Los sueldos del clero ya han recibido un poco de atención en nuestra Iglesia (O.C.A), y en algunas Diócesis han puesto normas mínimas para los sueldos, seguros, y otras concesiones; sin embargo, todavía hay parroquias que no siempre obedecen los requisitos diocesanos. Mucho resta para hacer en este punto.  

Muy a menudo es necesario que la esposa del sacerdote, consiga un empleo, con el resultado de que se invierten los roles del marido y la esposa. A veces el sacerdote tiene un trabajo secular de jornada completa. Esto último ha sido a menudo necesario en algunas de nuestras misiones, y debemos estar agradecidos a Dios por la buena voluntad de algunos sacerdotes por hacer esto. En muchos casos ellos han sido pastores dedicados y admirables  de sus feligresías, a pesar de que ellos tuvieran que ocupar tantas horas en sus trabajos seculares.

  

Conclusión 

Mientras hay muchas situaciones diferentes que nosotros debemos enfrentar, y mientras no haya respuesta para todas ellas, habrá indudablemente algún consuelo en el hecho de que la jerarquía de nuestra Iglesia ha tomado conocimiento de los problemas que nuestros sacerdotes y sus familias tienen y han empezado a tomar medidas para resolverlos o al menos aliviarlos.  

 

Documento elaborado por el Santo Sínodo de Obispos de la Iglesia Ortodoxa en América
Concerniente a los asuntos pastorales contemporáneos
(1995)

Traducido al español
por el Padre Gorazd
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