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La Iglesia Ortodoxa frente a la Epidemia del HIV Imprimir

            Los afectados por el VIH-SIDA, son quizás el más reciente signo de contradicción con que se enfrentan nuestras Iglesias, sumándose de este modo a la larga lista de “pobres” a los que se hace referencia en los Evangelios, pero...¿qué debemos entender por pobres en el sentido evangélico del término? “El pobre no es otra cosa que una metáfora teológica que se emplea para hablar de aquellos y aquellas que son vulnerables a la exclusión y marginación, y que por su situación, condición e identidad se les cierran las puertas de las comunidades religiosas y/o seculares”  

            Quién quiera abocarse a la tarea pastoral junto a estos nuevos “pobres”, ya sea sacerdote, religioso/a, o seglar, estará obligado a dotarse de una exquisita delicadeza espiritual y emocional, pues deberemos ser para aquellos: verdaderos Iconos del Cristo, auténticos hombres y mujeres “deificados”, o al menos, en vías de serlo.

            Sería saludable que, despojados de todo orgullo, quienes somos cristianos nos preguntemos acerca de cual deberá ser nuestra actitud frente al problema del VIH desde una perspectiva evangélica, y la respuesta para esto la encontraremos en Luc. 18,9 el cual es el versículo introductorio de la parábola del Fariseo y el Publicano; el citado texto dice lo siguiente: “A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás (Jesús) les dijo esta parábola...”; quiso la providencia que el mencionado relato sea harto conocido para todos los ortodoxos bizantinos en particular, puesto que son las palabras del publicano las que usamos, en especial los monjes, en el rezo diario del chotki, es por eso que en virtud de tal enseñanza, jamás deberemos aceptar trabajar con rótulos o etiquetas que resulten hirientes o excluyentes, puesto que debemos tener por bien seguro que toda exclusión es contraria a la Voluntad de Dios; así mismo tampoco deberemos acercarnos a nuestros hermanos desde una postura de “superioridad espiritual”, como si ellos no tuvieran nada que ofrecernos o enseñarnos, olvidándonos de hecho, que son ellos -precisamente- el rostro sufriente del Cristo; una especie de teofanía crística del Gólgota en sentido y tiempo real. 

            Es preciso, también, que tengamos la suficiente claridad espiritual para vislumbrar que una acción pastoral, cualquiera sea, no es otra cosa que un acto de amor, es en razón de tal motivo que al dirigirnos a una persona afectada por el VIH-SIDA deberemos hacerlo con un profundo respeto por su situación y libertad, cuidando mucho de no convertir la proclamación del Evangelio en una suerte de chantaje religioso en un momento de quiebre emocional, lo cual termine por trocar el mensaje liberador y salvífico de Cristo, en un mensaje de exclusión y marginación que termine por sumergir al enfermo en una desesperación existencial. También deberemos aceptar y estar abiertos a un eventual rechazo del afectado a nuestra acompañamiento, lo cual no deberemos confundir de ningún modo con un rechazo a Cristo. Los tiempos de Dios no son los tiempos del hombre. 

            Una de las características más notorias del VIH-SIDA, es que evidencia como ninguna otra enfermedad, toda una verdadera trama de redes de profundas injusticias sociales, que no son otra cosa que la manifestación del desorden cósmico producido por el pecado, por esta causa el VIH, como imagen especular de ese desorden, expone al afectado - si no es debidamente contenido – a un marcado proceso de empobrecimiento personal, al quiebre de sus relaciones afectivas, marchitando en él o ella sus deseos de vivir; también el afectado queda en un estado de vulnerabilidad con respecto a la violación de sus Derechos Humanos, y por consiguiente, a su dignidad de Hijo de Dios, lo cual puede conducir finalmente al derrumbe de sus estructuras físicas, mentales y espirituales que lo ubiquen en las márgenes misma de la existencia.

            Nosotros, como Iglesia, estamos llamados a construir en nosotros mismos y en los otros al “Hombre Nuevo”, con que con tanta elocuencia refería el Apóstol Pablo, por tal razón, como verdaderos agentes de la bondad Divina, estamos llamados, con la Gracia de Dios, a reparar el corazón quebrado del hombre, y es precisamente en virtud de esto, que debemos cuidarnos - en el caso del VIH en particular - de no transformar un mero diagnóstico médico (que de por sí ya es duro) en un juicio de tipo moral, lo que no haría otra cosa que obstaculizar en el otro el ámbito idóneo que le permita la construcción del “Hombre Nuevo”.

            La Iglesia Ortodoxa está llamada en este tercer milenio, a transformarse en una Comunidad de Sanidad, en el aspecto más amplio que pueda tener este término, dónde millones de hombres y mujeres agobiados por el peso de la miseria, exclusión, explotación, enfermedad y muerte, puedan nutrirse con el Pan del Cielo y vivificarse con el Cáliz Eterno, y hallar en su seno la Verdadera Fe, a fin de proclamar algún día gozosos a la Trinidad Indivisible, porque ella nos ha salvado. Así habrá entonces de cumplirse proféticamente las oraciones de nuestra Divina Liturgia. Pienso que nuestra mayor gloria como cristianos ortodoxos es anticipar, en cierto modo, los tiempos escatológicos dando cumplimiento a las palabras proclamadas en nuestro Rito; puesto que si no somos capaces de encarnar las oraciones de nuestra Liturgia, ésta se transformará en un testimonio vivo contra nosotros mismos, amén de acarrear la inmensa responsabilidad de convertirla en una mera caricatura de nuestra Fe, o mas bien, en el rictus agónico de una Iglesia que nosotros, por falta de compromiso y caridad, habremos colaborado en deshonrar.

 

COMPROMISO SOCIAL COMO IGLESIA FRENTE A LA EPIDEMIA

            Persuadidos de que cada persona tiene un valor singular para Dios, nosotros los cristianos, no podemos menos que garantizar a todo individuo un lugar en nuestras oraciones y corazones que se traduzca, también, en un sitial en el seno de nuestras Comunidades; por tal motivo es menester trascender el mero compromiso individual, por más necesario y útil que éste sea, para elevarlo al rango de compromiso eclesial.

            El VIH, como señalamos anteriormente, tiene ribetes que lo tornan muy particular en su impacto social, tanto es así que se lo suele catalogar como un auténtico “flagelo” de nuestras sociedades, sin embargo este término para referirnos al VIH no nos parece el más adecuado, porque el “flagelo” (al ser un instrumento de tortura) hace referencia tácita a un castigo, y los castigos, como todos bien sabemos, se descargan sobre los que son considerados “culpables”, y éste creo yo, no es el caso. Además en esa relación - ciertamente perversa -, hay uno que castiga y otro que es castigado, y como puede resultar obvio, el rol de ejecutor del suplicio lo cargaría Dios, y el de reo: el enfermo; apreciación que considero harto injusta tanto para Dios, en su carácter de verdugo, como para el hombre en su rol de víctima. Sostener este tipo de pensamientos evidenciaría poseer una cosmovisión teológica mas cercana al paganismo que al cristianismo, en la cual la imagen de Yahvé no tendría nada que envidiarle a la de Baal.

            Para referirnos al VIH-SIDA con un sentido de justicia, sería preferible usar el término “Epidemia”, el cual proviene de la conjunción de dos palabras griegas: “Epi”: sobre o encima, y  Demos”: pueblo; por lo tanto la epidemia es algo que se abate sobre el pueblo sin hacer distinciones, careciendo, por ende, de un sentido absurdamente culpógeno.

            Es necesario aceptar, para comenzar a controlar la epidemia, que no es Dios, sino nosotros como cuerpo social, ya sea de carácter secular o religioso, los que cargamos con distintos grados de responsabilidad en el tema. Es ciertamente doloroso admitir que como Iglesia, fuimos en no pocas ocasiones, un obstáculo en la educación para la prevención, y aún en la actualidad somos un tanto indolentes frente a este tema cada vez mas acuciante; asimismo es duro de digerir que muchas veces, en el pasado reciente, algunas Comunidades dejaron morir en olvido y soledad a muchos cristianos afectados por el VIH, por tal motivo juzgo que llegó la hora que “con un corazón contrito y humillado(salmo 50)  remediemos en el seno de nuestras Iglesias y nuestros corazones, esa vergonzante falencia que nos paraliza frente a los “Iconos del Cristo sufriente” los cuales pueden hallarse caminando en las calles, o agonizando en las camas de los hospitales; Iconos éstos, que se encuentran mas allá de la paz serena y silenciosa de nuestros iconostasios. Es menester, recordar que “Cristo no fue crucificado entre dos candelabros en un altar, sino entre dos ladrones en le Calvario de los Perdidos  J.Moltmann

            Ciertamente el pecado no solo afecta a la sociedad religiosa, sino que en la secular se traduce en formas de corrupción y/o miopía política, lo cual daña sistemáticamente toda la trama del tejido social, creando Estados donde la diferencia entre ricos y pobres es francamente ignominiosa. Mucha es la responsabilidad que tienen ciertos líderes políticos del primer y tercer mundo, los cuales niegan en la práctica la vinculación cuasi simbiótica entre pobreza y sida; también es lamentable corroborar a través de los medios de comunicación, como los países ricos del Norte se manejan con un alto grado de insensibilidad movidos por las presiones de los grandes grupos de Laboratorios Farmacéuticos, imponiendo, o al menos intentando, poner frenos a la fabricación de genéricos mas económicos en naciones pobres tales como Brasil o Sudáfrica, dónde la pandemia golpea a los mas desprotegidos los cuales se ven impedidos, debido a su situación de miseria, al acceso de drogas retrovirales.

            Otro factor que no es menor en la propagación del VIH, son las estructuras sociales injustas a los que son sometidos cientos de miles de inmigrantes, obligados a trabajar sin ningún tipo de documentación o cobertura que les permita tener acceso a los sistemas de salud, demás está mencionar también el fenómeno de la explotación sexual a los que se ven sometidos las mujeres y hombres jóvenes (aunque también niñas y niños) de los países pobres, por lo tanto, frente a tanta exclusión y desamparo, será misión de la Iglesia alzar su voz profética, alentando y apelando a todos los hombres de buena voluntad, nucleados en distintas organizaciones, ya sean gubernamentales o no-gubernamentales, con el propósito de denunciar y proponer sistemas alternativos que ayuden a paliar esta problemática.

            Tampoco debemos olvidarnos del problema que significa en la propagación de esta enfermedad, el mundo de los usuarios de drogas. La falta de respeto por la vida que nuestras sociedades “Occidentales y civilizadas” muestran hacia el resto del Mundo, así como también la falta de motivaciones y proyectos a futuro, han llevado a nuestros adolescentes y jóvenes a descreer de valores tan simples como la solidaridad, el amor, y la estabilidad de los vínculos emocionales, lo cual amenaza desguazar en ellos toda posible construcción de una personalidad madura y afectiva que sirva de soporte a una visión trascendente de la realidad; por tal razón no debería extrañarnos que frente a tanta desolación que hace casi imposible la felicidad, nuestros jóvenes opten por narcotizar la angustia.

Por el Padre Gorazd
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