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En que Creemos Imprimir

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CREDO NICENO-CONSTANTINOPOLITANO

            Creo en el Único Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de todo lo visible e invisible. Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, que nació del Padre antes de todos los siglos; Luz de Luz; Dios verdadero de Dios verdadero; nacido, no creado; consubstancial con el Padre, por quien todo fue hecho; Quien por nosotros los hombres y para nuestra salvación, descendió de los cielos, se encarnó del Espíritu Santo y María Virgen, se hizo Hombre; fue crucificado por nosotros en tiempos de Poncio Pilatos; padeció, fue sepultado y al tercer día resucitó conforme con las Escrituras. Y subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre; y vendrá otra vez con gloria, a juzgar a los vivos y a los muertos, y Su reino no tendrá fin.

   Y en el Espíritu Santo, Señor vivificador, Quien procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado, que habló por los profetas. Y en Una Iglesia que es Santa, Católica y Apostólica. Confieso un solo bautismo para la remisión de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero. Amén.

PROFESIÓN DE FE REALIZADA POR NUESTROS OBISPOS DURANTE SU CONSAGRACIÓN EPISCOPAL

(Según el rito Bizantino)

      Creo en un solo Dios en tres Personas distintas, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las llamo distintas según la propiedad, pero unidas según la substancia. La misma es Trinidad toda entera y la misma toda entera es unidad. Unidad, según la substancia, la naturaleza y la forma. Trinidad según la propiedad y el nombre, porque uno es llamado Padre, otro Hijo y otro Espíritu Santo. El Padre no lía sido engendrado y no tiene principio, porque nada existió antes que Él. Él era, era absolutamente Dios, sin principio, porque su Ser no procede de ningún otro ser, sino de El mismo. Creo también que el Padre es principio del Hijo y del Espíritu Santo: del Hijo por generación, del Espíritu Santo por procesión; y creo que no hay entre ellos ninguna distinción o diferencia, sino la distinción de las propiedades hipostáticas. Porque, por un lado, el Padre engendra al Hijo y produce al Espíritu Santo, y, por el otro, el Hijo ha sido engendrado por el Padre solo y el Espíritu Santo procede del Padre. Y es así como yo reconozco un solo principio y adoro un origen del Padre y del Hijo. Profeso también que el Hijo es principio trascendental al tiempo, y que es infinito: no como principio de las creaturas: como si fuera el primer ser creado. ¡No! Lejos de mí este pensamiento que es el error y la impiedad cíe los arrianos, pues Arrio profesaba este error: que el Hijo y el Espíritu Santo son creaturas. Yo lo llamo principio, porque el Hijo proviene de Aquel que no tiene principio, de modo que evito el admitir dos principios. Pero, al lado de este principio, además del Hijo, se halla el Espíritu Santo, puesto que juntamente y al mismo tiempo ambos reciben su Ser del Padre: el Hijo por generación y el Espíritu Santo por procesión. Pero ni el Padre está separado del Hijo, ni el Hijo del Espíritu Santo, ni el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, sino que el Padre está todo entero en el Hijo y en el Espíritu Santo, y el Hijo está todo entero en el Padre y el Espíritu Santo y el Espíritu Santo está todo entero en el Padre y el Hijo, porque son distintos, estando unidos, y están unidos, siendo distintos.

      Profeso también que el Verbo de Dios, eterno como el Padre, existente más allá del tiempo, incomprensible, infinito, se rebajó hasta nuestra naturaleza y tomó la forma del hombre, humillado y completamente caído, de la sangre casta y pura de la Virgen Santísima, para dar al mundo entero la salvación y la gracia con su misericordia. Y es así como se formó la unión hipostática de las dos naturalezas. Esto no quiere decir que el Niño se fue perfeccionando poco a poco y que las naturalezas, al encontrarse, se hallan unido por conmixtión, confusión o mezcla; esto no quiere decir tampoco que, una vez formado el hombre, el Verbo haya venido a Él y haya formado una unión accidental, como enseñó Nestorio. El Verbo Hombre poseía inteligencia contra lo que enseñó Apolinar, que fue en verdad imprudente al predicar que la Divinidad suplía al entendimiento. Yo confieso que es Dios perfecto, y al mismo tiempo, Hombre perfecto; carne al mismo tiempo que Palabra de Dios; carne dotada de un alma racional y una inteligencia y que conserva, aún después de la unión hipostática, todas las glorias naturales de la Divinidad y que no modifica nada de lo que pertenece a su Humanidad y a Su Divinidad a causa de su unión, exenta de corrupción, con el Verbo. Él es por lo tanto, una persona compuesta, aunque, conservando las dos naturalezas y las dos operaciones, el único Jesucristo, nuestro Dios. Posee también dos voluntades naturales, aunque, por supuesto, es necesario saber cómo sufrió, porque, siendo Dios, sufrió en la carne y no en su divinidad, lo cual es imposible. Confieso también que asumió todas las pasiones nuestras, que no dependen de la voluntad: aquellas que por naturaleza se encuentran en nosotros, pero no el pecado. Las pasiones que asumió son: el hambre, la sed, la fatiga, el llanto y cosas semejantes, que produjeron en Él sus efectos, no por necesidad como en nosotros, sino porque su voluntad humana se conformó a su voluntad divina, pues Él quiso tener hambre, tener sed, sentir el cansancio, morir. Murió, aceptando la muerte por nosotros, pero Su Divinidad permaneció impasible. Y, aunque no estaba obligado a morir — pues Él es quien quita los pecados del mundo—, se sometió, no obstante, a la muerte, para salvarnos de la muerte voraz y reconciliarnos, por Su Sangre, con Su Padre. La muerte que sufrió Su Humanidad fue aniquilada con el poder de Su Divinidad, rescatando también a las almas de los justos, encadenados desde el principio del mundo. Y resucitó de entre los muertos y se mostró a sus discípulos, aquí en la tierra, por espacio de cuarenta días. Y subió a los cielos y se sentó a la diestra del Padre. (Entiendo por diestra del Padre no un lugar o circunscripción, sino la gloria que e Hijo poseía antes de Su Encarnación y que sigue poseyendo después de la misma). Esto no quiere decir que la Trinidad haya recibido algún complemento después de la unión hipostática del Hijo Unigénito, puesto que su carne permanece inseparable en Él para toda la eternidad y vendrá con ella a juzgar a los vivos y a los muertos, a los justos y a los pecadores, a fin de dar en recompensa a los justos, por sus acciones virtuosas y sufrimientos de esta vida, el Reino de los Cielos. A los pecadores dará, por el contrario, los tormentos eternos y el fuego inextinguible del Infierno. Séanos concedido librarnos de este castigo y obtener los bienes que nos han sido prometidos en Cristo Nuestro Señor. Amén.

El Consagrante bendice al Electo, diciendo:

      ¡Que la gracia del Espíritu Santo permanezca en ti, que te ilumine, te confirme y te instruya todos los días de tu vida! Y continúa: Dinos una vez más minuciosamente cuál es la Fe que profesas sobre el Hijo y Verbo de Dios y lo que enseñas sobre las diferentes naturalezas del único Cristo nuestro Dios.

El Electo prosigue en voz alta:

      Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles, sin principio, no creado, sin causa, que es principio natural del Hijo y del Espíritu Santo. Creo asimismo en Su Hijo Unigénito, engendrado por Él, que es inmutable y está más allá del tiempo, consubstancial al mismo Padre y por Quien todo fue creado. Creo también en el Espíritu Santo, que procede del mismo Padre y que es adorado con Él, porque es eterno igual que Él y rige la creación. Creo que una persona de esta misma Trinidad inmaterial y vivificadora: El Verbo e Hijo Único bajó de los cielos, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre. Se hizo hombre, permaneciendo siempre Dios, sin cambiar nada de la naturaleza divina por su comunión con la carne, sino que, sin modificación alguna, asumió la humanidad y sufrió en ella la pasión y la Cruz, siendo su naturaleza divina inmune a todo dolor. Creo que resucitó de entre los muertos al tercer día y subió a los cielos y se sentó a la diestra del Padre. Creo también lo que nos ha trasmitido y explicado la Santa Iglesia, Una, Universal, y Apostólica sobre Dios y las cosas divinas. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro. Confieso también que el Verbo Divino y su humanidad forman una sola Persona. Creo y proclamo que hay un solo Cristo, que, desde Su Encarnación, posee dos voluntades y dos naturalezas en las cuales y por las cuales existe. Profeso que hay dos voluntades, teniendo cada una de las dos naturalezas su propia voluntad y su propia actuación. Doy un culto relativo, pero no de adoración, a las santas y venerables imágenes de Cristo, de la Santa Madre de Dios y de todos los Santos y venero, de la manera debida, únicamente lo que las imágenes representan. Rechazo a todos los que piensan en forma distinta o tienen diversa opinión. Rechazo a Arrio y a todos los que piensan como él. Repudio a Macedonio y a sus secuaces, que son llamados los neumatómacos (enemigos del Espíritu Santo). Condeno del mismo modo a Nestorio y a todos los demás propagadores del error. Rechazo y repudio a todos sus secuaces y declaro tan abiertamente como me es posible: ¡Anatema a todos los que propagan el error! ¡Anatema sólo a los que propagan las divisiones! En cuanto a nuestra Señora la Madre de Dios María, reconozco y proclamo que Ella concibió real y verdaderamente, según la carne, a una de las Personas de la Santa Trinidad, Cristo nuestro Dios. Sea Ella mi amparo, mí protección y mi defensa, todos los días de mi vida.

      Yo N., Electo por la gracia de Dios Obispo de N. lo he firmado con mis propias manos.

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Dom Gabriel de Portugal y Dom Tiago de Coimbra durante la ordenación Episcopal del Metropolita Euloghios