MUJERES HISPANAS DEL SIGLO IV EN PEREGRINACION A ORIENTE
CONTACTO CON EL MONACATO SIRIO Y EGIPCIO-

         «Ellas harán del mar una ruta de mujeres que vienen hacia mí». Esta respuesta del monje Arsenio a una anónima virgen romana de origen senatorial, que había realizado el viaje desde la capital del Imperio a Egipto para conocer al venerable asceta, refleja muy bien lo que significó el atractivo del Oriente para muchas mujeres del siglo IV avanzado. Piedad, curiosidad, orgullo de poder contar lo visto, excursionismo y atracción por lo exótico se conjugan para convertir al Oriente en centro de atracción para las aristócratas de Occidente. En la anécdota de Arsenio, recogida en los Apophtegmata Patrutn, se manifiesta muy bien la confluencia de todos estos elementos. Cuando la virgen anónima llegó a Alejandría se dirigió al patriarca Teófilo para que hiciese valer su influencia ante Arsenio con el fin de que éste accediese a dejarse ver. Teófilo le envió este mensaje: «Ha venido de Roma una tal, de familia senatorial y quiere verte». Pero el anciano monje no accedió. Entonces la virgen romana dio orden de preparar las cabalgaduras y se dijo: «Confío en Dios que lo veré. ¡No he venido para ver a un hombre de los que hay tantos en las ciudades, sino para ver a un profeta!». Cuando se presentó ante la celda de Arsenio, éste la reprochó: «¿No has oído hablar de mis obras? Estas son las que hay que ver. ¿Cómo has osado emprender un viaje como éste? ¿No sabes que eres una mujer? ¡No debes salir de casa como te plazca! ¿O es que acaso quieres volver a Roma a contar a las otras mujeres que has visto a Arsenio, para que después hagan del mar una ruta de mujeres que vienen hacia mí?».

         La ruta la había abierto Helena, la madre de Constantino, o, más bien, la leyenda de Helena que había comenzado a difundirse en Oriente y en Occidente. Ella con el celo religioso en el que confluyen la vocación del arqueólogo y del arquitecto habría puesto las bases para hacer de Palestina la Tierra Santa. Al mismo tiempo, la publicación de la Vita Antonii de Atanasio de Alejandría dio a conocer a los occidentales el fascinante mundo de los anacoretas egipcios. De este modo, Egipto y Palestina se convirtieron en «parada y fonda» de todo viaje a Oriente. Pero lo que realmente sorprende de esta moda de peregrinación excursionista es el protagonismo que en ella tuvieron las mujeres. Algo que ya le sorprendió a Arsenio cuando le reprocha a la virgen romana: «¿Cómo has osado emprender un viaje como éste? ¿No sabes que eres una mujer? ¡No debes salir de casa como te plazca!».

         Quizá el que hubiese sido una mujer, Helena, quien había abierto la ruta tuvo algo que ver en ello. Pero no basta. Es, sobre todo, una prueba de las nuevas posibilidades que el cristianismo abrió a las mujeres del siglo IV. Indudablemente no es casual que la misma época que nos ha conservado las primeras producciones literarias de mujeres en época romana (casos de Proba, Paula y Egeria) sea la que conoció también por vez primera el turismo a larga distancia de las mujeres, pues en los casos de Egeria y Paula confluyen actividad literaria y turística.

         El que las mujeres viajasen, y además solas, sin la compañía de sus esposos significaba una ruptura en una sociedad acostumbrada desde siglos a ver recluidas a las mujeres entre las paredes del hogar. Si estas mujeres eran devotas seguidoras de los principios cristianos y estaban entregadas muchas veces al ejercicio de la ascesis, el hecho resultaba más sorprendente aún por los peligros que estos viajes representaban para el pudor y la buena reputación. Lo hace ver así Gregorio de Nisa en su conocida epístola 2, que utilizaron repetidamente los luteranos de los siglos XVI y XVII para atacar la práctica católica de las peregrinaciones, cuando critica los viajes a Tierra Santa, entre otras razones, por los riesgos a que se exponía la castidad femenina durante estos viajes:

         Una mujer no puede realizar un viaje tan largo si no tiene quien la acompañe, ya porque, debido a su debilidad natural, se la debe ayudar a subir a la cabalgadura y a bajar de ella, ya porque debe ser protegida en los lugares difíciles. Y, cualquiera sea la disyuntiva, o que tenga un allegado que se preocupe de cuidar de ella, o un criado que la acompañe, en ninguno de los casos está libre de falta. Pues, tanto si se confía a un extraño, como a un familiar, no observa la ley de la continencia. Y, puesto que en aquellos lugares de Oriente, las posadas, las hospederías y las ciudades tienen mucho de licencioso y de indiferente hacia el mal, ¿cómo se puede conseguir que a quien anda entre humos no se le irriten los ojos?

         Gregorio de Nisa se dirigía a mujeres de origen modesto, que viajaban con escasos medios económicos. No era éste el problema de las mujeres de la alta aristocracia occidental que hacían la peregrinación acompañadas de un amplio séquito de eunucos, criados y hasta de soldados. Como la hizo el mismo Gregorio, que se sirvió de la posta imperial puesta a su servicio. Pero no son sólo los peligros del viaje lo que hacen al obispo de Nisa desaconsejar las peregrinaciones. Es también la experiencia de haber constatado los peligros que entrañaba la estancia en una ciudad tan corrompida como Jerusalén que aparecía como la menos santa de las ciudades:

         Además, si la gracia de Dios se manifestase más en Jerusalén, el pecado no sería cosa tan habitual entre los que la habitan. Hoy en día no existe ningún tipo de delito que no se cometa entre ellos: fornicaciones, adulterios, robos, idolatría, envenenamientos, muertes y asesinatos. En especial, el mal está tan arraigado que en ningún sitio existe tanta propensión para la muerte como en estos lugares.

         Juicios tan negativos como éste no son exclusivos de Gregorio de Nisa. El mismo Jerónimo, que se convirtió desde su retiro de Belén en el principal promotor y divulgador con sus cartas de las peregrinaciones a los Santos Lugares, expresa opiniones similares sobre el ambiente que imperaba en Jerusalén:

         Si los emplazamientos de la cruz y de la resurrección no estuvieran en una ciudad tan populosa, en la que hay un pretorio, un cuartel, hay cortesanas, mimos, bufones y todo lo que suele haber en otras ciudades, si Jerusalén sólo fuera visitada por multitudes de monjes, entonces un lugar así sería buscado por todos los monjes para vivir allí. Pero sería un gran desatino renunciar al mundo, dejar la patria, abandonar las ciudades y hacer profesión de monje para ir al extranjero a vivir en medio de un tráfago mayor de gente que el que uno hubiera tenido en la propia patria. Aquí se viene de todo el orbe, la ciudad está llena de hombres de todo tipo, y es tal la aglomeración de uno y otro sexo, que lo que en otro sitio pretendías huir no era sino una parte de todo lo que tendrías que aguantar aquí.

         Estas descripciones reflejan bien hasta qué punto las peregrinaciones se habían convertido a finales del siglo IV en un fenómeno popular y de masas que habían transformado Jerusalén en una ciudad cosmopolita e insegura donde proliferaban gentes de todo tipo que vivían a costa de los peregrinos. Porque no todo era santo en los móviles de las peregrinaciones, como manifestaba el monje Arsenio a propósito de las visitas a los anacoretas. El mismo Rufino de Aquileya, otro de los personajes que con Jerónimo más contribuyeron a divulgar los Santos Lugares en Occidente, pone de relieve el componente de curiosidad malsana y esnobismo que acompañaba a estos viajes cuando alaba a Ursacio, abad del monasterio de Pinetum, cerca de Terracina, porque en su viaje a Oriente no se interesó por conocer noticias sobre los lugares y las características de las ciudades, sino únicamente las formas de vida que llevaban los monjes en sus monasterios. Y es que, como ha señalado S. Pricoco, las peregrinaciones a Oriente entraron a formar parte en esta época de las costumbres sociales de Occidente y surgió una especie de «internacionalismo» en las relaciones entre Oriente y Occidente que constituye una de las peculiaridades culturales y sociales de la época.

         Pero no es nuestro propósito aquí estudiar las peregrinaciones a Oriente en época teodosiana, sino analizar y poner de manifiesto un aspecto significativo de este fenómeno: el protagonismo que tienen en Oriente, por motivos diversos, a partir de la subida al trono del emperador Teodosio, una serie de ilustres mujeres de origen hispano y las solidaridades de tipo político y religioso que existieron entre estas mujeres y otra de origen hispano, que las había precedido en Oriente, Melania Senior. Abordaremos sucesivamente cada uno de estos aspectos.

1. Mujeres hispanas en Oriente: la corte y las peregrinaciones

         P. Devos publicó hace algunos años un interesante artículo en el que relacionando, gracias a su sagaz erudición, una serie de textos fragmentarios, dispersos en distintas fuentes griegas y copias, reveló la personalidad de Poemenia, conocida antes sólo por una alusión incidental en la Historia Lausiaca, como una piadosa mujer que había peregrinado al Alto Egipto para visitar al famoso asceta y taumaturgo Juan de Licópolis. Sobre la base de la información recogida en las distintas fuentes, P. Devos llegó a la conclusión de que Poemenia era hispana, emparentada con Teodosio, y que su viaje no se limitó únicamente a Egipto, sino que comprendió también los Santos Lugares de Palestina, y tuvo lugar entre los años 384-395. De acuerdo con ello, tenemos en Poemenia un paralelo muy próximo de Egeria. Ambas seguían los pasos de otra ilustre mujer de origen hispano, Melania Senior, como lo harían por los mismos años Paula y otras mujeres ilustres de la aristocracia romana. Creemos que no es casual que la presencia de Egeria y Poemenia en Oriente coincida con la presencia de Teodosio en el trono, del mismo modo que, como veremos más adelante, no debe ser tampoco casual el silencio de Jerónimo sobre Poemenia.

         La subida al trono de Teodosio y la transformación de Constantinopla en capital efectiva de la Pars Orientis trajo consigo la presencia en la nueva ciudad de un importante grupo de mujeres hispanas y de las regiones vecinas del sur de la Galia. Lógicamente estas mujeres formaban parte de la familia del emperador y de lo que los franceses han dado en denominar, con más o menos fundamento, cóterie espagnole en Oriente; a ellos habría que añadir los denominados por J. F. Matthews Gallic supporters of Theodosiusn. Estas mujeres hispanas estaban encabezadas por la propia esposa del emperador, Aelia Flavia Flacila, y sus familiares directos. Junto a ella estaban María, viuda del hermano del emperador, poco antes fallecido, Honorio, y sus hijas Termancia y Serena. Teodosio acogió a éstas como si fuesen sus hijas y las introdujo en la corte. Claudiano recordó en los retóricos versos de la Laus Serenae esta llamada a la corte de sus sobrinas, recién ascendido al poder:

         Por fin, cuando tras haber sido elegido cogió las riendas del Imperio, no dio pruebas de amor a sus propios hijos antes de haberos hecho venir a ti y a tu fiel hermana desde las tierras iberas al litoral del Este.

         Si exceptuamos a Flacila, es muy poco lo que sabemos de la actividad de estas mujeres en la corte de Constantinopla. De una hermana de Flacila ni siquiera conocemos su nombre. De Termancia lo único que sabemos es la noticia de Claudiano de que se casó con un alto militar de nombre también desconocido. La más afortunada para la posteridad fue Serena por haberse casado con Estilicen y haber sido objeto del encomio de Claudiano. La madre de ambas, María, es también una perfecta desconocida. Sin embargo, hay indicios suficientes para pensar que el protagonismo de estas mujeres fue mayor del que se puede deducir de las escasas noticias conservadas. El emperador Teodosio parece que mostró un gran afecto por todas las mujeres de su familia. Gregorio de Nisa presenta el impacto de la muerte de su hija Pulquería, hacia el 385, cuando contaba con siete u ocho años de edad, como un «terremoto» en la corte. Claudiano se complace en describir el afecto de que rodeaba a sus sobrinas y el solaz que éstas representaban en la vida familiar del emperador:

         Desde luego, él abrazó a ambas con amor paterno, pero con razón su afecto iba más inclinado a tí. Y cuantas veces, según lo exigen las necesidades públicas del Imperio, regresaba más triste o lleno de ira ardiente, cuando los hijos esquivaban a su padre y la misma Flacila temía a su marido irritado, únicamente tú podías aplacarlo en su cólera, tú apaciguarlo con tiernas palabras.

         En cualquier caso, Flacila fue una figura fundamental en la corte teodosiana. Como ha dicho Kenneth G. Holum, fue la primera mujer que no sólo recibió el título de Augusta, sino que también ejerció como tal. Y constituyó la clave de bóveda en la construcción del edificio dinástico de Teodosio. A pesar de que es poco lo que sabemos de sus actividades concretas, el rango que ocupó en la corte, su representación en las monedas con todos sus atributos de Augusta, la imagen que de ella presentó Gregorio de Nisa en su oración fúnebre como copartícipe de la basileia y ejerciendo la misma arche que el emperador, el recuerdo que dejó en la opinión pública, hacen de esta mujer un personaje de importancia desconocida en la historia del Imperio romano, a pesar de su temprana muerte. La figura de Flacila contribuyó de modo decisivo a establecer lazos estrechos, en una corte sedentaria como la de Constantinopla, entre la nueva dinastía y el pueblo de la nueva Roma, y prefigura y explica el papel protagonista que desempeñarán, a partir de entonces, las emperatrices de la corte bizantina.

         En la misma oscuridad que la mayoría de las mujeres de la familia imperial nos han dejado las fuentes a las mujeres de los círculos familiares de las principales representantes de las camarillas occidentales en Oriente. Pero no es de la hipotética influencia política de estas mujeres, de las que poco podemos decir, de lo que aquí queremos hablar, sino del nuevo rumbo que con su presencia dieron al desarrollo del cristianismo en Oriente y a algunas de sus manifestaciones religiosas más significativas.

         Es bien conocida la firme adhesión de Teodosio desde su acceso al poder al cristianismo niceno. Desconocemos cuándo se produjo la conversión al cristianismo de la familia de Teodosio. Pero ya Teodosio padre, el magister equitum, debió de nacer en una familia cristiana, como se deduce de su nombre. En todo caso, Orosio nos informa de que se bautizó antes de ser decapitado. Cristianos nicenos, e incluso representantes de un cristianismo con ciertos aspectos de fanatismo, eran también los principales representantes de la coterie hispana y gala, Materno Cynegio y Flavio Rufino. Igualmente atestiguada está la fe cristiana de las mujeres de todas estas familias, como no podía ser de otro modo. Una reciente tesis doctoral sobre las mujeres de la aristocracia senatorial romana en el siglo IV ha puesto de relieve que, si bien hay que matizar la idea tradicionalmente mantenida de que las mujeres ejercieron una influencia decisiva en la conversión de sus maridos, no se conoce ningún caso de cristiano casado con una pagana. En cualquier caso, la fe cristiana de Flacila está bien atestiguada por la oración fúnebre de Gregorio de Nisa que resalta como una de sus principales cualidades su eusebeia y su «celo por la fe», al igual que Ambrosio la califica de fidelis anima Deo. Tanto es así que F. Ela Consolino ha podido decir que «el primer retrato de emperatriz santa a todos efectos es el de Elia Flacila en la Oración fúnebre de Gregorio de Nisa».

         Si no tenemos noticias de que Flacila ejerciese una influencia directa sobre la política de Teodosio o que aspirase a un protagonismo político como el que ejercieron sus sucesoras en la corte, no ocurre así en el aspecto religioso. Sozomeno informa de que Flacila disuadió a Teodosio de entablar un coloquio con el obispo arriano Eunomio de Cícico, temerosa de que su marido, en sus deseos de establecer una reconciliación religiosa, se viese arrastrado por la «capacidad dialéctica» del obispo a traicionar su fe nicena, y el propio Gregorio de Nisa en su oración fúnebre recalcó que la eusebeia de Flacila contribuyó a la afirmación del credo niceno en el concilio de Constantinopla del 381. Esta influencia de la emperatriz sobre la política religiosa de Teodosio nos sugiere la hipótesis de que cuando Libanio en la Oratio pro templis dice de Materno Cynegio que es «esclavo de su esposa, hace todo por agradarla y la toma por guía en todo», en especial en su política de destrucción de los templos paganos, esté haciendo una crítica velada de la influencia de Flacila sobre Teodosio.

         En cuanto a la fe cristiana de Serena la refleja claramente Claudiano en «un lenguaje profano, más bien que pagano»; y ella misma ha dejado testimonio de una de las formas más características de la piedad cristiana de la época, el culto de los mártires, en la inscripción que dedicó para recordar su contribución al embellecimiento, como voto por la vuelta de su esposo Estilicen de la expedición contra los godos de Alarico, en el santuario que Ambrosio había dedicado en Milán a San Nazario.

         Sin embargo, no parece, o al menos no nos han quedado pruebas, de que las mujeres de la familia imperial fuesen adeptas a otra de las formas más significativas del cristianismo de la época, el ascetismo, a diferencia de lo que ocurre con las mujeres de los miembros de la coterie hispana de la corte. El cristianismo estaba ampliamente extendido entre las mujeres de la aristocracia hispana y sudgálica en la segunda mitad del siglo IV y es bien sabido que en esta época, y especialmente en los ambientes aristocráticos, el cristianismo iba estrechamente unido al ascetismo. Que la moda del ascetismo había llegado a estos ambientes hispanos y galos lo reflejan bien las numerosas mujeres que tuvieron parte activa en el movimiento priscilianista, o el caso de Terasia y su esposo Paulino de Nola, que pasaron los primeros años de su vocación ascética recorriendo sus numerosas villae de las proximidades de Barcelona, Tarragona, Lérida o Complutum. Terasia y Paulino optaron por cumplir su vocación ascética sin trasladarse a Oriente como había hecho algunos años antes otra ilustre mujer de origen hispano, Melania Senior, emparentada con Paulino. Nacida hacia el 340, viuda a los 22 años, en el 371-372, inició, en compañía de Rufino de Aquileya, un viaje a Egipto para visitar a los anacoretas del desierto y después se estableció en Palestina durante veintisiete años. Aunque la vocación ascética y «oriental» de Melania debió ser producto de su experiencia romana, es muy probable que su ejemplo causase profundo impacto también entre las mujeres de la aristocracia hispana, pues es bien sabido que en esta época todas estas familias aristocráticas estaban unidas por sutiles lazos basados en relaciones de parentesco, de amistad y de clientelismo político y religioso.

         Melania debió de servir de estímulo para otras muchas mujeres de la aristocracia hispana y su ejemplo contribuyó, sin duda alguna, a popularizar la experiencia oriental en estos ambientes. Con la subida de Teodosio al poder algunos años después se dieron las condiciones óptimas para la realización práctica de este cristianismo ascético del que los viajes y estancias en Egipto y en los Santos Lugares constituyen un elemento sustancial. Es más, creemos que la instalación de Teodosio en Constantinopla y la consolidación de esta ciudad como nueva capital del Imperio provocó profundas transformaciones en la dimensión social del cristianismo. Constantinopla se convierte, a partir de este momento, en un punto de referencia obligada del cristianismo en Oriente y en una especie de nuevo polo de atracción junto a los Santos Lugares y las colonias de anacoretas egipcios. Constantinopla pasa a ser, a partir de Teodosio, punto de partida o arribada obligada de esta ruta turístico-religiosa hacia Egipto y Palestina en la que las mujeres de la aristocracia hispana desempeñan un especial protagonismo.

         Este es el caso de Egeria, típica representante de estas aristócratas convertidas a la ascésis. Sabemos que la parte oriental de su viaje se inició en Constantinopla y terminó también allí. Aunque nada conocemos de sus relaciones familiares, es lógico pensar que el viaje estuvo estrechamente relacionado con la presencia de Teodosio y otros hispanos en Constantinopla, si bien resulta demasiado aventurado sugerir que entre Teodosio y Egeria hubiese relaciones de parentesco como han supuesto algunos. El ejemplo de Egeria fue rápidamente imitado por otras mujeres, como Poemenia, que, al igual que ella, incluye en su viaje Egipto y Palestina. Nada sabemos por las escasas noticias conservadas, si Poemenia inició su viaje desde Hispania o desde Constantinopla, pero, dado que estaba emparentada con la familia de Teodosio, es lógico pensar que fuese Constantinopla su punto de partida. El hecho de que viaje con barcos propios, incluso que disponga de barcos especiales para remontar el Nilo, la gran comitiva que la acompaña de obispos, presbíteros, eunucos, soldados, etc., hace pensar que se trata de un viaje organizado desde la corte de Constantinopla.

         Pero no fueron Egeria y Poemenia las únicas en establecer estos lazos entre Occidente, Constantinopla y los Santos Lugares. Creemos que es sumamente significativo que todas las mujeres que conocemos del clan hispano-galo en Constantinopla tuvieran relación con Palestina o terminaran estableciéndose aquí. De la esposa de Materno Cynegio, Acancia, sabemos por Libanio que estaba estrechamente unida a los monjes. En el famoso discurso 30 (Pro templis) dirigido a Teodosio para que pusiese fin a la destrucción de los templos paganos por los monjes, acusa a Cynegio de estar dominado por su mujer, quien, a su vez, estaba dominada por aquéllos:

         Sin embargo, considerando bien las cosas, no eres tú (Teodosio) el culpable sino el hombre que te ha engañado, hombre perverso, enemigo de los dioses, relajado y avaricioso, una plaga para la tierra que le recibió a su nacimiento, que se ha beneficiado de la sinrazón de la fortuna y ha hecho mal uso de esta fortuna; esclavo de su mujer, hace todo por agradarla y la toma por guía en todo. Esta se ha impuesto como norma obedecer en todo a los instigadores de órdenes como ésta, a estos hombres que manifiestan su virtud cubiertos de hábitos de duelo, o mejor, de hábitos tejidos por los fabricantes de sacos.

         Si se tiene en cuenta que Materno Cynegio protagonizó la destrucción de templos paganos en Siria y Alejandría, todo parece indicar que su esposa estaba estrechamente unida a los ambientes ascéticos y monásticos de estas regiones. Y no sólo su esposa, sino también las restantes mujeres de su familia. Hermana de Cynegio debió ser la Materna Cynegia que dedicó una estela funeraria a su hermana Antonia Cassia y a su hija Erennia de Raphanea, una localidad de Palestina bien conocida por restos arquitectónicos relacionados con prácticas de ascetismo cristiano. La vinculación familiar con Palestina y con la política de destrucción de los templos paganos parece que la continuó el hijo de Materno Cynegio. En el 402 se organizó una expedición a Gaza para destruir el templo de Zeus-Marnas, uno de los más famosos de Oriente. La expedición se llevó a cabo por la presión de un grupo de obispos y la persona para dirigirla, escogida por la propia emperatriz con especial cuidado, fue el comes consistiorianus Cynegio, seguramente hijo de Materno.

         Si las mujeres de la familia de Materno Cygenio terminaron su vida en los ambientes ascéticos de Palestina, lo mismo ocurrió con las mujeres de la familia del principal representante del clan galo, el todopoderoso aquitano Flavio Rufino, prefecto del pretorio del 392 al 395. Es bien conocida la acción de Rufino en favor de los monjes fundando el gran monasterio poblado con monjes egipcios que tomó de él el nombre de Rufinianae junto a Calcedonia. El apego de Rufino a los monjes no debió ser ajeno a la influencia de las mujeres de su entorno familiar. Sabemos que su esposa y su hija, tras su ajusticiamiento el 27 de noviembre del 395, se trasladaron a vivir a Jerusalén, donde terminaron sus días, al tiempo que los monjes egipcios tuvieron que abandonar Calcedonia y volver a su tierra. La hermana de su esposa, Silvia, realizó, según la Historia Lausica, un viaje a Jerusalén y de aquí a Egipto, acompañada de Melania Senior, Paladio y el diácono Jovino. E. D. Hunt escribió un documentado artículo en que trataba de revalorizar su figura atribuyéndola un importante papel en la historia religiosa de su tiempo. Los argumentos de Hunt han sido invalidados por P. Devos al demostrar el error de éste datando el viaje de Silvia en el 394, cuando aún vivía Fl. Rufino, y ha propuesto retrasarlo con buenos argumentos al 399-400. Con ello, el viaje de Silvia pierde el protagonismo político-religioso de que lo había rodeado Hunt, al tiempo que anula el papel atribuido a Silvia como enlace entre Melania y la corte de Constantinopla. Pero ello no invalida el hecho de que Silvia, al igual que su hermana y su sobrina, sean un ejemplo más que viene a demostrar que, a finales del siglo IV, los lazos entre Constantinopla, Palestina y Egipto, que se había iniciado con Teodosio, estaban firmemente consolidados. Sus principales protagonistas son las mujeres hispano-galas de la corte de Constantinopla, pero detrás de ellas y moviendo todos los hilos aparece otra mujer de origen hispano, la que había iniciado antes de Teodosio la aventura de Oriente, Melania Senior. Teodosio y Melania constituyen la clave de este original fenómeno en que la política y piedad ascética confluyen y explican los accidentados sucesos a que dio lugar la controversia origenista en los años finales del siglo IV y comienzos del V.

2. Melania Senior, Poemenia, Constantinopla y la controversia origenista

         La última década del siglo IV conoció el estallido de la controversia origenista que dividió al cristianismo de la época, especialmente al oriental, en dos bandos irreconciliables. Los protagonistas fueron Jerónimo y Teófilo de Alejandría, por un lado, y Melania y Rufino de Aquileya, por otro. La controversia, iniciada en Jerusalén, provocó rápidas ramificaciones en que se vieron implicadas Roma y Constantinopla. Su desarrollo refleja muy bien cómo en las disputas religiosas intervenían solidaridades de tipo político, religioso y familiar.

         Es bien conocido el protagonismo que desempeñó Melania estableciendo estrechos lazos y comunidad de intereses entre Jerusalén, Constantinopla y Roma. Cabe plantearse si el influjo de Melania afectó también al resto de las mujeres hispanas que echaron raíces en Oriente. El punto de partida para este planteamiento del tema nos ha venido dado por una observación marginal de Ch. Pietri. Analizando las camarillas que dieron su apoyo a Juan Crisóstomo en Constantinopla en su enfrentamiento con Teófilo de Alejandría, puso de relieve que «en este complejo de familias aristocráticas y de cótteries clericales en que se mezclan tantas simpatías e intereses diversos, difíciles de reducir a un partido coherente, destaca un grupo de cristianas y de cristianos que han conservado, al menos por su parentesco, lazos con el Occidente. Así, en el círculo de piadosas mujeres que permanecieron fieles a Juan a pesar de la persecución, la misma Olimpia pertenece, por su matrimonio, al pequeño grupo de españoles que se encontraba en Constantinopla a la llegada de Teodosio». Ch. Pietri menciona, siguiendo a Paladio, como formando parte de este grupo, además de Olimpia, a Pentadia, Procla y Silvina. Es significativo que tres de ellas estaban unidas a hispanos por sus matrimonios. Olimpia se casó con Nebridio, un occidental que parece era pariente, quizá cuñado de Flacila, cuando era prefecto de Constantinopla. Enviudó a los pocos meses y Teodosio intentó casarla sin éxito con otro hispano, Elpidio, pariente suyo. Silvina, hija del moro Gildón, se casó, a instancias de Teodosio, con otro Nebridio, seguramente hijo del anterior. Finalmente, Pentadia era viuda de Timasio, el magister equitum et peditum exiliado y muerto por Eutropio en el 395 y que parece era también de origen hispano. La cuarta matrona, Procla, que recibió de San Juan Crisóstomo las epístolas 96, 103 y 191, no ha podido ser identificada. Ch. Pietri concluye el análisis en estos términos:

         En conjunto, de las cuatro matronas cuya fidelidad al obispo perseguido exalta Paladio, tres de ellas se relacionan más o menos directamente con la aristocracia occidental y, en especial, con este grupo español que se estableció en la capital siguiendo los pasos de Teodosio".

         Más adelante Pietri, tras señalar el papel aglutinador de Melania Senior entre los origenistas de Jerusalén encabezados por Rufino y Juan de Jerusalén frente a Jerónimo, alude a las relaciones que debieron de existir entre Melania y la «camarilla» hispana de Constantinopla resaltando que el grupo del Monte de los Olivos obtuvo sin duda la amistad protectora del grupo español establecido en Constantinopla. De este modo, el investigador francés concuerda con lo que nosotros exponíamos al principio de que debieron de existir relaciones estrechas entre Melania y las mujeres hispanas que emigran a Constantinopla o peregrinan a Tierra Santa, pero Pietri no ofrece pruebas. Creemos que se puede avanzar más en esta hipótesis que para el historiador francés no parecía ofrecer dudas.

         En su artículo sobre Silvia de Aquitania, Hunt había intentado atribuir a ésta el papel de enlace entre el grupo del Monte de los Olivos y la corte de Constantinopla, lo que, a su vez, explicaría la caída en desgracia de Jerónimo ante Constantinopla. La teoría de Hunt quedó invalidada por las razones expuestas, pero, excluida la influencia de Silvia, creemos que las claves hay que buscarlas en los intensos contactos que se establecieron, desde la llegada al poder de Teodosio, entre Jerusalén y Constantinopla y en el papel que desempeñaron en estos contactos las mujeres hispanas de la corte. La enigmática figura de Poemenia pudo haber jugado en este tema un protagonismo hasta ahora no suficientemente valorado.

         Son muchas las hipótesis que se han hecho para la identificación del enigmático personaje, mujer con toda seguridad, a quien critica Jerónimo en su epístola a Furia por su viaje a Tierra Santa rodeada de un regius apparatus:

         Hace poco hemos visto algo escandaloso cruzando todo el Oriente. La edad y la elegancia, el vestir y el andar, la indiscreta compañía, las exquisitas comidas, el aparato regio, todo parecía anunciar las bodas de Nerón o de Sardanápalo.

         Cuando se descubrió el Itinerarium de Egeria se pensó inmediatamente en ésta", pero la fijación de la fecha de su viaje entre el 381 y el 384, una decena de años antes de la epístola de Jerónimo, lo dejó sin fundamento. Se ha pensado también en la misma Melania Senior. Hunt se esforzó por demostrar que la aludida no era otra que Silvia de Aquitania. Pero Devos invalidó también su hipótesis al retrasar, como hemos visto, el viaje de ésta al 399-400 y, a su vez, propuso, con buenos argumentos, que la aludida es Poemenia. Es, sin duda, a ésta a quien mejor cuadra la crítica de Jerónimo tanto por las fechas, como por las características del viaje. Pero hay más, creemos que el silenciar su nombre podría deberse precisamente al hecho de ser Poemenia miembro de la familia imperial y su sátira acerba podría estar inspirada por la amistad de Poemenia con Melania: es bien conocido el trato que daba Jerónimo a todo el que estuviese en relación con Rufino y el grupo del Monte de los Olivos.

         Esta hipótesis tendría su confirmación en el hecho de que Paladio, un origenista militante, sí menciona a Poemenia y en tonos altamente elogiosos en la Historia Lausiaca. Igualmente significativo es que la alusión a ella por Juan Rufo, el autor de la vida de Pedro el Ibero, sea para evitar su confusión con las dos Melanias. Hablando de la acogida dispensada a Pedro, cuando este príncipe ibero llegó a Jerusalén, el autor señala que se trata de Melania la Joven, «no de la otra Melania que antes de ella había renunciado al mundo y tomado el hábito en Jerusalén». Seguidamente Juan Rufo siente la necesidad de distinguir a la abuela y a la nieta de una tercera dama que les precedió en estos términos: «Hubo otra, antes de estas dos, famosa por su familia y su fortuna, muy púdica y piadosa, de nombre Poemenia, que disfrutaba viviendo en los lugares santos y venerados. De ella imitaron la conducta y la caridad las antes citadas...». Devos ha puesto de relieve el error del biógrafo al situar cronológicamente a Poemenia antes que a Melania Senior, pero lo más significativo es que el autor asocie estrechamente a Poemenia con las dos Melanias, lo que parece indicar que la memoria de las tres pervivía en Jerusalén estrechamente unida. Si esto es así, el hecho de que Poemenia formase parte del círculo de Melania debió ser motivo suficiente para atraerse los odios de Jerónimo y explicaría su durísima invectiva.

         Las relaciones de Melania con Poemenia seguramente fueron sólo un eslabón de unas relaciones más amplias que debieron extenderse a todo el grupo hispano de Constantinopla. Las afinidades de Melania con Olimpia, que estaba estrechamente unida a la coterie hispana, son puestas bien de relieve por la Historia Lausiaca cuando Paladio señala que Olimpia incluso había sido educada por Melania Senior. Habitualmente se suele dar por supuesto que las relaciones de Melania con Constantinopla se originaron a raíz del establecimiento de la corte teodosiana en la nueva capital. Es muy probable, por tanto, que estas relaciones se viesen facilitadas por el común origen hispano y por el hecho de que, como hemos sugerido anteriormente, existiesen solidaridades antes del acceso de Teodosio al poder entre Melania y algunas de las mujeres hispanas que se trasladaron a Constantinopla siguiendo los pasos del emperador. Señalemos, por último, que estas relaciones de Melania con Constantinopla debieron tener una influencia decisiva en el enfrentamiento de Jerónimo con la corte. Es bien sabido que estas relaciones fueron buenas al inicio del reinado de Teodosio, como lo demuestra su presencia en la capital entre 379-382. Fruto de esta estancia fue su amistad con Nebridio, el padre del Nebridio emparentado con Flacila a cuya muerte escribió la carta consolatoria a su viuda Salvina. Pero estas relaciones se fueron enfriando paulatinamente. En el 393 todavía conservaba una estrecha amistad con Nummio Emiliano Dexter, hijo de Paciano de Barcelona, a quien dedica su De viris illustribus. Pero la ruptura total debió producirse al estallar la controversia origenista y alinearse la mayoría de los miembros hispanos de la corte en el bando origenista, posiblemente por influencia y solidaridad con la propia Melania. El enfrentamiento llegó a su punto más alto cuando hacia el 394 Fl. Rufino, entonces prefecto del pretorio, ante las presiones de Juan de Jerusalén, intentó exiliar a Jerónimo y a sus monjes de la Ciudad Santa, exilio que no se llevó a cabo por la invasión de los hunos del 394-395 y el posterior ajusticiamiento de Rufino el 27 de noviembre del 395.

         Es el momento de concluir. Un libro reciente como el ya citado de K. H. Holum sobre las emperatrices teodosianas no menciona ni una sola vez a Melania Senior (al menos no aparece en el índice onomástico). Ello es una prueba de cómo no se debe hacer la historia política y religiosa de esta época. El concebir a las emperatrices de la corte de Teodosio I encerradas en su palacio, ajenas a los complejos y sutiles lazos entre religión y política que se anudan en una época en que, como decía el monje Arsenio, «el mar se convierte en una ruta de mujeres», es desconocer un aspecto fundamental de la política del momento. E. A. Clark y E. D. Hunt han puesto bien de relieve cómo muchos aspectos de la historia del cristianismo de finales del siglo IV se explican a través de los lazos personales que se establecen entre los líderes eclesiásticos y ciertas mujeres de la aristocracia. Estos lazos personales tuvieron su mejor expresión en los estrechos contactos que surgen entre Constantinopla, Tierra Santa y Egipto. Hemos intentado avanzar en el conocimiento de esta complicada historia tratando de demostrar que en la génesis de este proceso jugaron un importante papel las mujeres hispanas de la corte de Constantinopla, por un lado, y, por otro, Melania Senior como aglutinante y mentora de muchas de ellas.